EVIDENCIAS DE LO IMPENSABLE

RAFAEL ALCÉRRECA

 

 

Arturo Rivera encuentra la realidad en un entorno donde lo humano es la expresión intensa y acabada del último rincón del desasosiego. Sus dibujos y óleos, de ejecución perfecta y transparente, sostienen con inagotable belleza las formas de lo impensable, manantial perdurable de lo terrible. Los seres que inventa perdieron la noción del pasado, el deseo de respirar en un mundo deseable: viven un presente casi deshabitado porque están a punto de abandonarnos. La posibilidad de existir en la contemplación estética, pertenece al espectador obligado a dialogar con ellos: a convivir con el enigma de su presencia.

 

Arturo Rivera nace en la ciudad de México en 1945 donde será alumno de la Academia de San Carlos en la década de los años sesenta. Ahí aprende que el arte es una disciplina de rigor absoluto, con técnicas ineludibles para expresar su mundo interior con entera libertad. En las aulas de San Carlos asimila la lección de los grandes maestros de la pintura: italianos, españoles, flamencos, alemanes, ingleses, franceses. Ernesto Lumbreras, autor de un libro sobre Rivera, sostiene que nuestro pintor desciende de un árbol genealógico artístico cuyos ascendientes son Giotto, Cimabue, Masaccio, Piero della Francesca, Ghirlandaio, Miguel Angel, Rafael, Leonardo; Ribera, Velásquez y Goya; Veermer y Rembrandt; David, Géricault, Delacroix; Giorgio de Chirico, Francis Bacon y Lucien Freud, maestros figurativos de las vanguardias del siglo pasado. Suma pictórica que inspira el misterio que impulsa a Arturo Rivera a crear en el ámbito de la realidad figurativa la belleza de lo terrible.

 

Pintor joven en los setenta vive en estado de alerta, dispuesto a transformar sus ideas plásticas en obras que atraigan la atención de galerías, críticos y de la minoría refinada que busca nuevos artistas para enriquecer sus colecciones. La generación de Arturo Rivera, formada por artistas nacidos en la primera mitad de la década de los cuarenta, estuvo entonces bajo el impacto del espíritu innovador y combativo de los pintores del movimiento de la Ruptura, que pusieron en tela de juicio a los gigantes de la Escuela Mexicana de Pintura.

El proyecto de Arturo Rivera no se reconoce en la tradición de José Clemente Orozco y Diego Rivera; pero tampoco se vincula con el destino abstracto que Felguérez, Lilia Carrillo, Echeverría, Fernando García Ponce, establecen como nueva frontera para el futuro del arte mexicano. No se halla, sus inicios como pintor están marcados por el desencuentro. Deja el país y busca primero en Nueva York y después en Alemania, bajo la tutela del pintor surrealista alemán Mac Zimmermann, las formas del lenguaje visual figurativo en sincronía con su imaginación. Arturo Rivera es un pintor heterodoxo para la tradición de la modernidad mexicana, porque su obra entra en conflicto con el nacionalismo pictórico y con la informalidad plástica de los artistas emblé maticos del movimiento de la Ruptura.

 

Los contemporáneos de Arturo son los pintores europeos, con residencia parisina, que la historia del arte moderno ubica en el grupo de artistas conocidos como la Nouvelle Figuration, que aparecen en los años sesenta y que pronto se consolidan. Tienen las mismas inquietudes de Arturo Rivera: los agobia el arte abstracto, la falta de rigor en el oficio y se rebelan contra la expulsión de la realidad figurativa en la pintura. Son provocadores por naturaleza; su licencia temática es más libertaria que dógmatica; no prescinden de lo fantástico o de lo grotesco. En sus obras está la herida del desasosiego o el humor delirante de los artistas pop. Tienen nuevas ideas para rescatar a la figuración, enriquecen su oficio con herramientas como la fotografía y el diseño gráfico. Saben que la única pintura figurativa posible es la que aspira a la excelencia estética. Las obras de Aillaud, Arroyo, Equipo Crónica, Birga, Brandon, Chambas, Monory, Recalcati, Cremonini, Cueco, Vladimir Velickovic, son ahora parte de las colecciones de los más sobresalientes museos de arte moderno europeos. Pintores nacidos en las décadas de los treinta y cuarenta del siglo pasado y cuya aparición en galerías y bienales nunca fué advertida como una regresión.

 

La necesidad de revelar su mundo interior, que se nutre de la vigencia de los mitos, rico en significados diversos y símbolos, lleva a Arturo Rivera -a principios de los noventa- a realizar con esplendor inusual los dibujos de la serie conocida como Historia del Ojo. Esta colección de dibujos es uno de los momentos iluminados del arte mexicano, porque consuma con los límites del grafito y del papel personajes concebidos desde la imaginación que no están expuestos al desgaste del tiempo y adquirieron ya existencia perdurable. El ojo irreverente de Rivera, presente en cada uno de los dibujos, viaja en el tiempo para ser un intruso en diversas situaciones. Mira a su Tiresías fuera de sí mismo; con Leonor nos entrega el monólogo silencioso de alguien al que le arrebataron para siempre los argumentos de la vitalidad: en La dulce Espina Dorada surge una adolescente de belleza incomparable encaminada, sin saberlo, a ir del paraíso de la infancia a otra realidad que no se alimenta de los sueños.

Arturo Rivera nos propone una realidad surreal, de innegable belleza, para contemplarla en su desolación. Los personajes de Historia del Ojo se ubican siempre en un primer plano que somete nuestra mirada al desencanto de su presencia.

 

Los cuadros realizados al óleo ocultan al espectador el conflicto del artista para darle vida a su mundo con nuevos materiales, diferentes al grafito, al papel y la acuarela. El lienzo y la alquimia del óleo imponen condiciones diferentes. La historia del arte nos recuerda siempre la existencia de dibujantes extraordinarios cuyo talento desaparece porque perdieron su don en la batalla con el óleo. Es en la pintura donde el lenguaje visual de nuestro pintor tiene nuevo espacio, contenido narrativo, colores que parecen inmutables: adquiere dimensión y trascendencia. Su obra deviene memorable y desafía nuestros sentidos. Arturo Rivera alcanza la belleza de lo terrible, la transfigura, pinta en estado de exaltación permanente.

 

En Ejercicio de la Buena Muerte, por ejemplo, el protagonista es Rivera. Cuadro minucioso que soporta a la muerte en el segmento iluminado, mientras en el otro segmento la penumbra revela, como si estuvieran vivos, a seres informes con el deseo de celebrarla. Se trata de la lógica de lo terrible, que está presente en cada una de las obras con zonas de tensión e intensidad que encuentran su renovación en cada cuadro. En Mar, obra presidida por un rostro de mujer de dolor inimaginable, que mira con los párpados, con un azul que estalla al fondo, estamos frente a la representación de algo grave: la demolición de la memoria. Todo lo que pinta Arturo Rivera no está en el aire, posee la visible consistencia de lo sólido: animales, seres humanos y fantásticos, objetos en desuso, se atan a las leyes de la gravedad.

 

El desasosiego carece de ilusiones y Arturo Rivera lo pinta como una realidad de puertas abiertas donde la ensoñación no tiene derecho a la existencia.

 

Hay que aprender a mirar a lo terrible porque tiene rostros y belleza alucinante.